México no tiene problema

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Por Gastón Melo.

Es la razón del letargo, de la frustración de muchos y la incomodidad de todos, pero es así, el no tener problema no permite observarse, problematizar, es decir, estar orientados, trazar rutas, vivir enfocados, establecer metas, crecer como ciudadanos, sociedad o país.

Marean y permiten recoger y degustar algún denominador común, las migajas de sentido en las noticias puntuales de la prensa voraz y amplificadora de los vacíos del cotidiano. La saga de la corrupción de Emilio Lozoya, su insospechado escape y las amenazas de revelaciones extraordinarias; el asesinato surrealista y poco glosado, desde esa perspectiva, de un agente del Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales de Israel –mejor conocido como Mosad– y su compañero, perpetrado por una ordinaria sicaria de Tláhuac, detectada gracias al software del equipo del C5 de la Ciudad de México; la glosa contradictoria del crecimiento nacional; las masacres como la de El Paso y el número de connacionales tocados por la violencia supremacista; los datos y los otros datos; la condición de vida de los refugiados y los planes de ayuda a Honduras y El Salvador; o incluso el propio Plan Nacional de Desarrollo. Todos estos sucesos y proyectos son ineludibles, tejen la vida en una sociedad compleja como la nuestra, nadie lo pone en duda, pero problematizar la situación del país es otra cosa.

Imaginemos la forma en que nos miran nuestros vecinos norteamericanos, canadienses o estadounidenses, ¿cómo se nos observa en China? Los europeos, ¿qué estrategia tienen hacia nosotros, los “hermanos” latinoamericanos y centroamericanos?, ¿tienen un programa de relación para México? Todos ellos son buenos observadores, nos conocen y saben cosas sobre nosotros mismos que a veces ignoramos y que nos sorprenden. Pero el país, ¿cómo piensa y, sobre todo, cómo establece cuáles son sus problemas, sus luchas, sus metas inmediatas y de mediano plazo? ¿Son acaso los vagos contenidos del Plan Nacional de Desarrollo (PND) una verdadera guía para nuestro actuar cotidiano?

Todo esto queda bien dispuesto en la tabla publicada oficialmente y que refleja una estructura de pensamiento sin duda. Una, sin embargo, que adolece de los amarres de lenguaje necesarios para hacerse operacional, sensible, verdadera en la acción. Los compromisos que el gobierno del país debe tener, piden una explicación más clara, contundente, sencilla y apelativa.

¿Qué país estamos construyendo?, ¿qué nos diferencia de otras identidades?, ¿cuál es para nosotros mismos y para el mundo nuestra oferta específica?, ¿para qué?, ¿a dónde nos lleva?, ¿qué resultado se espera de un país como el nuestro?, ¿qué cambios en la vida diaria debemos ejercer para cumplir?

El gran reto de México es establecer con claridad su problema, encontrar el lenguaje para transmitirlo y convocar para su atención a la ciudadanía, a esa del denominador común, la premisa mayor donde se reflejan y sustancian los asuntos de todos.

Consistencia moral, visión del mundo, transparencia en el ejercicio de valores profundos, sensibilidad con la realidad, lenguaje para una comunicación sencilla y elocuente; programas inteligentes (trabajados), disciplina del mando supremo y solvencia institucional; no hay muchas fórmulas más.

Dicho de otra manera, problematizar es ciencia que implica imaginación dotada de principios e información, propuestas operativas basadas en buenas prácticas, aplicaciones segmentadas en el territorio, evaluación de resultados, ajustes del modelo y generalización a través de mecanismos legislativos y acciones ejecutivas en un marco de absoluta legalidad.

Las modificaciones en el entorno inmediato de las personas y el reconocimiento de cambios en las condiciones materiales de la vida son reflejo de una percepción de solidez y de acción con sentido que facilitan la materialización del proyecto de vida de las personas y la prosperidad del conjunto. ¿Dónde están? En el papel de las cosas, en la práctica, la complejidad del barrio, de la familia, de la satisfacción de necesidades inmediatas, la frustración producida por la percepción de desigualdades enormes, no sólo en la economía que anquilosa sino en las prácticas discriminatorias del lenguaje, de la acción cotidiana y la fuerza del statu quo, suelen inhibir el propósito.

En un primer tiempo, el triunfo de MORENA pareció abrir una posibilidad para la sustanciación de cambios estructurales. Sin embargo, al año de su triunfo y a casi ya nueve meses de gobierno (todo un producto humano), la decepción crece, no se percibe metodología sustantiva. Nepotismo, autoritarismo, ignorancias diversas y silencios sumisos remplazan los males de otros tiempos sin necesariamente remediarlos.

La percepción de no resultados está dando lugar a la rumorología: golpes militares, conspiraciones sectarias, pactos bajo las mesas y a esto se aúna, salvo poquísimas excepciones, un gabinete sumiso e instituciones que funcionan poco y a modo, porque están atentas a intereses distintos a los de su propio mandato. Esto define hoy nuestro entorno.

Entendámonos; México se encuentra constituido de clústeres culturales y civilizatorios que caminan a destiempo y sin contacto, coinciden en el territorio las más sofisticadas tecnologías que animan la “comunicósfera” en el planeta y los rezagos sociales más violentos.

Las formas de autoridad van del e-government practicado en algunas alcaldías y municipios a la asamblea de barrio, los consejos de ancianos y las gobernanzas tradicionales que coinciden con los procesos electorales dirigidos desde instituciones si bien modernas, también cargadas de intereses. Todas estas formas de gobernanza se entreveran en México.

La percepción de poderes fácticos es real, con ellos la soberanía se mutila. El país adolece de un cáncer donde en el 80% de los municipios comparte la autoridad con fuerzas no legales.

México es también Polanco, el Pedregal, San Ángel, las Lomas y su calidad de vida utópica es el Acapulco violento que conocen las nuevas generaciones, el Veracruz de secuestros, el Chihuahua impenetrable en la sierra baja, un Sinaloa flagelado, próspero, aunque triste y acallado, el país contiene un Tijuana resentido y dopado, Chiapas siempre experimentando una mexicanidad en formación, Morelos en estado de abuso y abandono, una costa del Caribe metáfora que apesta a su situación descompuesta, un Jalisco de familias de narcos y caciques hegemónicos. En los barrios de la CDMX se acentúa en estridencia una violencia indómita, feminicida, pandillera, autogestiva e impenetrable.

Las administraciones profesionales facilitan la acción institucional. El objetivo de toda administración es borrarse a sí misma, hacerse imperceptible para dar lugar a la expresión metódica de servicios, pero aquí, los intereses y su posicionamiento en función de los diversos valores y fuerzas en el territorio, dan lugar a acuerdos factuales que se acogen en pseudo-estructuras de poder que operan sin rendición de cuentas.

La vida organizacional delega responsabilidades, aprende en la reciprocidad del diálogo basado en ideas de fuerza, a veces abstractas, que puestas en lenguaje se temperan y animan la vida de un país, ése es el ideal de la democracia.

El arreglo tácito de los años priístas quiso, en parte, acogerse a estos principios, pero la perversión y la connivencia dieron lugar a una cleptocracia gubernamental que llevó al maiceo partidista que salpicó a todas las estructuras políticas y que permitió se ensanche un gobierno paralelo.

Hoy, cuando los poderes parecieran concentrarse junto con las decisiones y la orientación de la vida pública en una sola persona, las cosas se complican. Un contraargumento señala que en muchos países las épocas en que se ha ejercido el poder con autoridad, con mando, con decisión, las cosas han avanzado más rápidamente. Es el caso Park Geun-hye en Corea del Sur, de Lee Kuan Yew en Singapur y de Porfirio Díaz en México. En la mayoría de los casos, los costes a posteriori a estas experiencias han sido altísimos; cárcel para algunos, exilio para otros, revueltas populares y desastres económicos.

El gusto por el poder es primario y ancestral. Hoy el poder político ha remplazado a los poderes físicos de las etapas primitivas del desarrollo de la humanidad, también el poder económico puede comprar o producir el poder físico necesario para garantizar la soberanía y la seguridad que quienes viven bajo un territorio. La narco violencia es narco-paz en sus dominios, las zonas Amazon, Google, Microsoft, o Alibaba, son también territorios de utopía supranacional.

La complejidad de los aparatos del Estado, cuerpos armados e instituciones, son de tal magnitud y de tal fuerza que el domeñar sobre ellas tiene una fuerza mágica, sentir la abyección de lo humano es de un poder embriagante.

México no tiene problema, pareciera que no queremos entender lo que nos pasa y que de modo más o menos evidente se observa desde fuera, no tiene problema porque quizá no tenga identidad, en el fondo, ¿qué es México sino un territorio colonial?, still the land of many opportunities, y mientras lo veamos así, el territorio sin soberanía que llamamos “México”, estará caminando hacia la ruptura. Los neoleoneses se están preparando, California no deja de pensarlo, Yucatán tiene drivers para su independencia y, Soconusco y Anáhuac están al acecho.

Sólo la idea de un país ejemplar, de un país con propósito demostrativo, con acciones propias, innovadoras, humanas, comprometidas, irrenunciablemente inteligentes y extendidas en el tiempo (no mucho), pueden hacer de este país un paradigma de mejor humanidad. Ese México debe pasar de la potencia a la acción. Ése es el problema de México.

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